Gragnano es, sin discusión, la capital mundial de la pasta. Este pequeño pueblo de Campania, enclavado entre colinas que descienden suavemente hacia el golfo de Nápoles, fue durante siglos el lugar donde la pasta italiana encontró su identidad.

La geografía única del valle jugó un papel fundamental: el valle canalizaba la brisa marina que llega desde el golfo, creando condiciones naturales ideales para secar la pasta al aire libre. Desde el siglo XVI, las calles principales de Gragnano funcionaban como verdaderos tendederos a cielo abierto: largos espadines de pasta colgados entre los edificios, meciéndose lentamente al sol y al viento durante horas.

Con el tiempo, ese secado dependiente del clima fue evolucionando. Primero aparecieron los secadores de madera: estructuras artesanales que permitían mayor control sobre la temperatura y el flujo de aire. Más tarde, la industrialización del siglo XX abrió otro camino: el secado a alta temperatura, un proceso mucho más rápido y de mayor escala, que permite producir enormes volúmenes en pocas horas pero resultando en un producto con menos sabor, menos textura y menor valor nutricional.

Los mejores productores artesanales, en cambio, siguieron otro rumbo incorporando cámaras de secado modernas pero con los mismos principios de siempre: temperaturas bajas, entre 35 y 50°C, tiempos largos de hasta 48 horas, y ciclos que reproducen las variaciones de humedad y temperatura que antiguamente proporcionaba el viento y el clima de Gragnano 

En Paese dei Sapori replicamos exactamente esos principios: los mismos métodos, los mismo tiempos y la misma filosofía de elaboración. La tradición de Gragnano, hecha pasta en Argentina.